Un resumen para leer con calma, quizás con un té, quizás después de la práctica.
Desde siempre los seres humanos nos hemos preguntado si hay vida después de la muerte. Pero quizás la pregunta más urgente es otra: ¿hay vida antes de morir?
Vivimos muy ocupados planificando el futuro, recordando el pasado o imaginando problemas que todavía no existen. Así, el presente se vuelve una especie de sala de espera en la que aguardamos a que llegue "la vida de verdad": cuando terminemos ese trabajo, cuando cambien las cosas, cuando por fin tengamos tiempo…
Los obstáculos no estaban en el camino de mi vida: eran mi vida.Idea atribuida a Alfred Souza
Hay personas que, en situaciones muy duras, han mantenido una calma y una dignidad interiores sorprendentes. Nelson Mandela salió de 27 años de prisión abanderando la reconciliación. Viktor Frankl, después de los campos de concentración, enseñó que siempre conservamos la libertad de elegir cómo responder a lo que nos pasa.
La buena noticia es que no hace falta ser un personaje histórico para cultivar ese espacio interior. Cualquier persona puede entrenarlo, sean cuales sean sus circunstancias.
Todo cambia tan rápido que nos adaptamos sin detenernos a elegir. Corremos detrás de metas que, una vez alcanzadas, no nos traen la felicidad prometida, y volvemos a empezar. Hacemos tres cosas a la vez y vivimos apurados incluso en una conversación de sobremesa.
Estamos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, muchas veces nos sentimos solos y desconocidos para nosotros mismos. Y es que vivir es crecer, y crecer a veces duele: para que llegue el amanecer, la noche tiene que pasar.
De niños necesitábamos tres cosas: ser vistos, ser valorados y ser amados. Para conseguirlas aprendimos a ser de cierta manera, guardando lo que no era aceptado. Así construimos un "personaje" que nos ayudó a crecer, pero que con los años podemos confundir con quienes realmente somos.
Ese personaje viaja con dos compañeros poco confiables: el miedo, que nos impide probar lo nuevo, y la inconsciencia, que deja que pensamientos y emociones se adueñen de nuestra casa. Nadie nos enseñó a vivir conscientemente… pero se puede aprender.
La atención plena (mindfulness) es estar presentes en lo que vivimos, sin juzgar, con una actitud amable y curiosa. No se trata de dejar de pensar, sino de darnos cuenta de que no somos nuestros pensamientos ni nuestras emociones: podemos observarlos como quien mira una película, sin quedar atrapados en ella. A esa mirada se le llama el Testigo.
Algo tan simple cambia mucho: nos permite responder en vez de reaccionar. La práctica sostenida ayuda a disminuir el estrés, la ansiedad y el dolor, y nos devuelve el gusto por las pequeñas cosas de cada día.
Jorge Bucay cuenta la historia de un buscador que llega a un pueblo cuyo cementerio parecía de niños: ninguna lápida pasaba de los once años. El cuidador le explica que allí, desde los quince años, cada persona lleva una libreta donde anota los momentos que disfrutó intensamente y cuánto duraron. Al morir, se suma ese tiempo y se escribe en su tumba.
Porque para ellos, ese es el único tiempo verdaderamente vivido.
Si tomamos como referencia una vida de 75 años, son unas 650.000 horas. Haz tu propio cálculo:
¿Qué te dice este número? ¿Cómo quieres vivir esas horas? ¿Necesitas hacer algún cambio para disfrutarlas plenamente?
La felicidad no está en la meta, sino en el camino.Inspirado en "Ítaca", de Konstantinos Kavafis
Resumen y adaptación del artículo "¿Vivimos antes de morir?", de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal (escuelatranspersonal.com), utilizado con su autorización. Este resumen no reemplaza al texto original.